# 329

La teoría de la construcción social del género es absolutamente dominante: indica que niño y niña nacen como una página en blanco y que las diferencias son puramente fruto de las presiones de su entorno. Eso es absurdo, una tontería, como lo sabe cualquiera que haya pasado por la pubertad. Esta negativa a siquiera debatir la posibilidad de la influencia de la naturaleza y la biología humanas muestra cómo hoy, en el sistema universitario norteamericano, proponer una visión distinta de la predominante equivale a pedir que lo quemen a uno en la hoguera.

¿No le gustan las feministas?
Hubo un momento en el que el feminismo y yo estábamos de acuerdo. ¡Pero era en 1960 y yo tenía 13 años! Es una posición inmadura. ¡Vamos, chicas, ya pasaron cuarenta años! ¿Cómo puede ser que la sigan sosteniendo ahora? El feminismo tiene unos 200 años, contando desde que Mary Wollestonecraft escribió su manifiesto. Ha tenido varias fases. Podemos criticar la fase presente sin criticar necesariamente el feminismo. Lo que yo quiero hacer, justamente, es salvar al feminismo de las feministas. Hoy, para las feministas, el papel excluyente es el de víctima. La belleza, por ejemplo, es para Naomi Wolf una conspiración de los hombres heterosexuales para evitar que las mujeres avancen, y todo ese tipo de tonterías. También creo que la política feminista es de una ingenuidad total, que esto de echarles la culpa de todos los males del universo a los hombres blancos imperialistas es bastante elemental. No hay humor, todo son sermones, y en el feminismo académico o intelectual lo que se ve es una actitud absolutamente dictatorial.

Camille Paglia, entrevistada por Juana Libedinsky, La Nación, 08-06-2005

# 328

¿Qué te gusta en particular del terror como género?
Su relación con los temas primordiales como la muerte, la enfermedad, la separación y demás. El terror va directo al grano, no se jode. La otra cosa es que el género te alimenta y protege. Te permite hacer cosas que no podrías por fuera de ese género.

Lidiar con la libido reprimida.
No, estoy hablando sobre todo de la industria. Pensá en la trama de La Mosca. Dos personas atractivas se enamoran. De pronto, el hombre contrae una enfermedad incurable. Empeora de una manera horrible y espantosa mientras su pareja lo mira y luego él le pide que ella lo mate, y ese es el final de la película. La gente no podría aceptar eso. No podés lidiar con eso en una manera normal, realista. Es demasiado frontal, demasiado duro y demasiado desesperado. Si le das ese guión a Hollywood, no hacen la película. Y sin embargo, como era ciencia ficción, fantasía, terror, nadie cuestionó lo oscura que era. (...)

¿O sea que para vos el género de terror se dedica a inventar realidades antes que a reproducirlas?
Sí, pero en esa invención, creo que termina captando mejor el sentido de la realidad que muchas de las llamadas "formas realistas". La telenovela lidia con eventos cotidianos —el aborto, la traición, el amor, el divorcio, el juicio— y, sin embargo, de alguna manera, es totalmente escapista. Irónicamente, al inventar la realidad, ese terror que muchos califican de escapista capta mejor su sentido.

David Cronenberg, entrevistado por Bette Gordon, Bomb Magazine, Winter 1988/89
Enlace
Traducción propia

# 327

La invocada "fidelidad" de las traducciones no es un criterio que lleva a la única traducción aceptable (por lo que hay revisar incluso la altanería y la condescendencia sexista con la que se mira a veces a las traducciones "bellas pero infieles"). La fidelidad es, más bien, la tendencia a creer que la traducción es siempre posible si el texto fuente ha sido interpretado con apasionada complicidad, es el compromiso a identificar lo que para nosotros es el sentido profundo del texto, y la capacidad de negociar en todo momento la solución que nos parece más justa.
Si consultan cualquier diccionario, verán que entre los sinónimos de fidelidad no está la palabra exactitud. Están, más bien, lealtad, honradez, respeto, piedad.

Umberto Eco (2003). Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción, Barcelona, Lumen, 2008, p. 472

# 326

Había llegado a Viena para hacer una especie de performance de lo que sabía sobre la ciudad. Actuaba fingiendo que reconocía todo, que todo me resultaba familiar porque antes lo había visto en los libros.

Beatriz Sarlo, Viajes, Buenos Aires, Seix Barral, 2014, pp. 13-14

# 325

Los numerosos impulsores de la energía solar, hídrica y eólica, de fuentes pequeñas y descentralizadas de energía, de "tecnologías inmediatas" y "economías de fase estable" son, en su mayoría, enemigos de la planificación a gran escala, de la investigación científica, de la innovación tecnológica, de la organización compleja. Y sin embargo, para que alguno de sus planes sea realmente adoptado por un número significativo de personas, tendría que tener lugar una radical redistribución del poder económico y político. (...) No hay nada bizarro en los argumentos anti-crecimiento o de energías blandas y, de hecho, éstos suelen ir acompañados por ideas ingeniosas e imaginativas. Lo que es bizarro es que, dado la magnitud de las tareas históricas que enfrentan, nos pidan, en palabras de E. F. Schumacher, "pensar en pequeño". La paradójica realidad que escapa a muchos de estos autores es que en una sociedad moderna sólo los más estravagantes y sistemáticos intentos por "pensar en grande" pueden abrir los canales para "pensar en pequeño". Por ende, los activistas de la reducción energética, crecimiento limitado y descentralización, en lugar de maldecir a Fausto, deberían abrazarlo como el hombre del momento.

Marshall Berman (1982), All that's solid melts into air, New York, Penguin Books, 1988, p. 83

# 324

¿Creés que el periodismo puede conducir a la verdad?
No, creo que las decisiones editoriales sobre qué termina saliendo en diarios y revistas es tan subjetivo que casi nunca obtenés la verdad completa. Las huellas digitales del editor están en lo que elige publicar. La galería de personajes de El reino y el poder [The Kingdom and the Power, 1969] prueba al menos que no existe algo así como "periodismo objetivo". No hay verdades absolutas. Los periodistas pueden encontrar lo que sea que estén yendo a buscar. Cada periodista lleva todas y cada una de sus marcas de guerra al evento. Un periodista nunca lo consigue. Consigue lo que es capaz de conseguir, lo que quiere conseguir.

Gay Talese, citado en Robert S. Boynton, The New New Journalism: Conversations with America's Best Nonfiction Writers on Their Craft, Vintage, New York, 2005, p. 377
Traducción propia

# 323

Deberíamos luchar para combinar el máximo de impaciencia con el máximo de escepticismo con el máximo de odio a la injusticia y la irracionalidad con el máximo de autocrítica irónica. Eso implicaría una decisión real de aprender de la Historia en lugar de invocarla y sloganizarla.

Christopher Hitchens, Letters to a Young Contrarian, New York, Basic Books, 2001, p. 138
Traducción de Juan Forn

# 322

En su discurso inaugural de febrero de 2005, Bush proclamó: «Estados Unidos no pretende que los disidentes encarcelados prefieran sus cadenas o que las mujeres celebren la humillación y la servidumbre». Junto con esto debemos colocar las repetidas declaraciones de Bush acerca de que el islam es una gran religión pacífica, que los fundamentalistas malinterpretan. Un multiculturalista liberal tenderá a rechazar la primera afirmación por tratarse de una expresión de imperialismo cultural, y calificará la segunda de aceptable, aunque en realidad sea una máscara para la hipocresía. Quizá deba invertirse esta valoración y seguirla sin miedo hasta sus últimas consecuencias. Lo más problemático del «respeto hacia el islam» que muestran las declaraciones de Bush no es su hipocresía, el hecho de que encubren un racismo subyacente y el imperialismo cultural eurocéntrico, sino el contenido real de esas afirmaciones. El juego de redimir la verdad interior de una religión o ideología y separarla de su explotación política posterior o secundaria es simplemente falso. Es no filosófico. Tenemos que ser despiadados con respecto al islam, al cristianismo y hasta con el marxismo. Lo verdaderamente hipócrita es la primera afirmación de Bush: deberíamos apoyarla del todo, aunque advirtiendo al mismo tiempo que los actos políticos de Bush no la secundan.

Slavoj Žižek (2008), Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 141

# 321

Los miembros de la burguesía, en especial los más poderosos, generalmente han buscado restringir, manipular y controlar sus mercados. De hecho, gran parte de su energía creativa a lo largo de los siglos ha sido puesta en diferentes arreglos para alcanzar este objetivo: monopolios, holdings, trusts, carteles y conglomerados, barreras proteccionistas, fijación de precios, subsidios explícitos o implícitos por parte del Estado — todos acompañados por himnos con loas al libre mercado.

Marshall Berman (1982), All that's solid melts into air, New York, Penguin Books, 1988, pp. 111-113
Traducción propia

# 320

En otoño del año 2005 Occidente fue conmocionado por una explosión de violencia que amenazó con desembocar en un choque de civilizaciones: las crecientes manifestaciones en los países árabes contra las caricaturas del profeta Mahoma publicadas en el Jyllands-Posten, un periódico danés de pequeña tirada. Lo primero que se debe destacar, tan obvio que habitualmente se pasa por alto, es que la mayor parte de los miles de personas que se sintieron ofendidas y se manifestaron contra las caricaturas ni siquiera las habían visto. Este hecho nos enfrenta a otro aspecto de la globalización menos atractivo: la "aldea de la información global" es la condición del hecho de que algo que apareció en un diario desconocido de Dinamarca causara una enorme conmoción en países musulmanes remotos. Es como si Dinamarca y Siria, Pakistán, Egipto, Irák, el Líbano e Indonesia realmente fueran neighbouring countries. Los que entienden la globalización como una oportunidad para la tierra de ser un espacio unificado de comunicación, un espacio que reúna a toda la humanidad, a menudo no advierten este lado oscuro de su propuesta. Puesto que el prójimo (neighbour) es -como Freud sospechó hace mucho tiempo- una cosa, un intruso traumático, alguien cuyo modo de vida diferente -o, más bien, modo de goce materializado en sus prácticas y rituales sociales- nos molesta, alguien que destruye el equilibrio de nuestra manera de vivir y que cuando se acerca demasiado puede provocar una reacción agresiva con vistas a desprenderse de él. Como afirma Peter Sloterdijk, "más comunicación significa sobre todo mucho más conflicto". Por ello es acertado afirmar que la actitud de "comprender al otro" debe completarse con la actitud de "apartarse del camino del otro" manteniendo una distancia apropiada, implementando un nuevo "código de discreción".
La civilización europa encuentra más fácil tolerar los diferentes modos de vida, teniendo en cuenta lo que sus críticos por lo general denuncian como su debilidad y fracaso, es decir, la alienación de la vida social. Uno de los aspectos que demuestra esta alienación es que la distancia está entrelazada con el tejido de la vida cotidiana: incluso si yo vivo junto con otros, en mi estado normal los ignoro. No me está permitido acercarme demasiado a los otros, a los demás. Me muevo en un espacio social donde interactúo con otros obedeciendo ciertas reglas externas "mecánicas", sin compartir su mundo interior. Quizá la lección que deba aprenderse es que algunas veces es indispensable una dosis de alienación para la coexistencia pacífica. A veces la alienación no es un problema, sino una solución.

Slavoj Žižek (2008), Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, Buenos Aires, Paidós, 2009, pp. 76-77

# 319

Cuando empecé a trabajar en una editorial, me encontré con una traducción del inglés donde no podía controlar el original porque se lo había quedado el traductor. Empecé a leérmela, de todas maneras, para ver si el italiano tenía fluidez. El libro contaba la historia de las primeras investigaciones sobre la bomba atómica, y en un punto decía que los científicos, reunidos en un lugar determinado, empezaron su trabajo haciendo "carreras de trenes". Me parecía extraño que personas que tenían que descubrir los secretos del átomo perdieran tiempo en juegos tan insulsos. Por consiguiente, echando mano a mi conocimiento del mundo, inferí que los científicos debían de hacer otra cosa. No sé si llegado a ese punto se me ocurrió una expresión inglesa que conocía, o si intenté hacer una curiosa operación: intenté traducir mal al inglés la expresión italiana, y se me ocurrió enseguida que aquellos científicos hacían training courses, es decir, cursillos de formación, lo que era más razonable y menos caro para los contribuyentes norteamericanos. Naturalmente, una vez recibido el original, vi que era así, y me ocupé de que al traductor no se le pagara por su inmundo trabajo.

Umberto Eco (2003). Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción, Barcelona, Lumen, 2008, pp. 58-59

# 318

En la primavera del año 1988 después de Cristo, Francisco de Narváez puso a su madre en una encrucijada bíblica. La obligó a elegir a cuál de sus dos hijos varones sacrificar: a Carlos o a él. Doris Steuer debía expulsar a uno de la dirección de Casa Tía, ¿pero a quién? ¿A su morocho imaginativo y bonachón, o a su coloradito directo y resolutivo? Y en la decisión de Doris, por si le faltara dramatismo al multiple choice siniestro entre sus dos muchachos, se jugaba el futuro de la empresa familiar fundada en 1933 por Karel, su propio padre. En fin, una tragedia griega forzada por De Narváez, el día en que se apareció en el primer piso de Santa Fe 1970 y  le dio el ultimátum a Doris y a Andy Deutsch, los accionistas cincuenta y cincuenta de Casa Tía.
Al momento del chantaje narvaecista, Tía empleaba a más de tres mil personas y era la única cadena minorista con presencia nacional. Para que se entienda, era el equivalente de los actuales supermercados chinos. Tenía casi cincuenta sucursales: estaba en ciudades grandes como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mar del Plata y Mendoza, pero también en las de hacer la siesta y dejar la bici tirada, como Tandil, Chivilcoy, Laprida y Río Gallegos.
Para fines de los ochenta, antes de que la fabricación de pobres en serie alcanzara sus mejores resultados, cualquier argentino que no viviera en un taper ya había comprado en un Tía, conocía uno o, al menos identificaba su logo: ese Tía rojo chillón parecido al color del traje de papá Noel, escrito en imprenta minúscula y con el palito horizontal de la "t" estirada como un techo, dándole un reparo solidario a la "i" y a la "a".
La mayoría de los civiles informados de más de treinta creía y todavía cree -hagan la prueba- que las letras de Tía eran las siglas de "Tiendas Israelitas Asociadas". Si se mencionaba a Tía, ése era el comentario social que surgía. ¿Un rumor antisemita? Posiblemente. Carlos Corach, por ejemplo, se juega por la hipótesis de los prejuicios criollos. De Narváez no: asegura que se difundió así por la "gran presencia de la colectividad en el comercio argentino".
La razón social de Tía, en realidad, era "Tiendas e Industrias Asociadas". No sólo no había mención al pueblo originario de Oriente Medio: ni siquiera la "a" era de "Argentinas", porque la primera filial sudamericana de la tienda fue colombiana. Y el concepto del nombre era una apelación emocional al rol de las tías, casi una reivindicación de ese parentesco, hoy algo relegado por el achicamiento de la institución familiar. Tía además era la traducción exacta del Te-Ta original de Checoslovaquia. Ponerle Te-Ta, acá, quedaba raro.
La información que el pueblo argentino sí manejaba con exactitud -y la que más le interesaba- era que Tía vendía barato. Una virtud sin contrapesos graves. Porque sus precios eran los del promedio de plaza menos uno, y no por eso presentaba el aspecto deprimente de las cadenas que vinieron después, cuando el empobrecimiento nacional se hizo visible y se tradujo, en el rubro del comercio minorista, en el boom de los comercios hard discount.
Nos referimos a los Eki, a los Día y a los Ekono (años más tarde, propiedad estos últimos de De Narváez-Deutsch en un 50%), supermercados que se instalaron en los noventa y existen hasta hoy. Sumariamente, se trata de cajas de zapatos de unos 500 metros cuadrados, en general desprolijas y mal iluminadas, sin variedad de productos, con marcas propias horribles y alternativas peores. Supermercados pioneros en el recurso de cobrar las bolsas y donde rige el sistema de venta inducida del tipo "¿quiere aprovechar la promoción de toallitas a sólo noventa y nueve centavos?".
Digamos que un domingo a fines de los ochenta, uno podía meterse en un Tía cualquiera, caminar por los pasillos, mirar las góndolas, comparar precios, concretar la transacción y retirarse. Y, a diferencia de lo que hoy genera la experiencia de los hard discount, hacerlo sin la mirada melancólica o la energía reducida a acciones de subsistencia.

Andrés Fidanza. El o vos. Francisco de Narváez y la política como plan de negocios, Sudamericana, 2013, pp. 101-103

# 317

El único inconveniente de escribir es que estás solo. La fase de la escritura. La fase de la buhardilla solitaria. En la imaginación de la gente, eso es lo que distingue a un escritor de un periodista. El periodista, el reportero, siempre anda con prisas, de caza, reuniéndose con gente y recogiendo datos. Preparando una historia. El periodista escribe en compañía de otra gente y siempre con plazos de entrega. Rodeado de gente y con prisas. Es una actividad emocionante y divertida.
El periodista escribe para conectar a la gente con el mundo exterior. Es un conducto.
Pero un escritor es distinto. Alguien que escribe ficción es alguien –o eso imagina la gente– que está solo. Tal vez porque la ficción parece conectarlo a uno solamente con la voz de otro individuo. Tal vez porque leer es algo que hacemos a solas. Es un pasatiempo que parece separarnos de los demás.
El periodista investiga una historia. El novelista se la imagina.

Chuck Palahniuk, Error humano, Random House Mondadori, 2005

# 316

Vi cómo Orson [Welles] se dejaba dominar por ese impulso de salvar espectáculo a toda costa durante una de sus escenarios en solitario. La escena tiene lugar justo después de que Susan Alexander (la amante de Kane) decida abandonar a Kane y marcharse de Xanadú. Kane sucumbe a la furia provocada por los celos y la pasión, va a la habitación de Susan y, literalmente, la destruye. Fue algo terrible. El departamento de utilería debía haber encontrado miles de artículos que podían ser destruidos: botellas, cuencos, cajas, espejos, muebles, cortinas... Kane lo destruye todo sólo con las manos. Los ensayos habían sido muy concienzudos. Volver a montar el decorado habría exigido días, por lo que la escena debía rodarse en una sola toma. Cada movimiento y cada ángulo fue preparado y cronometrado con toda exactitud. La cámara comenzó a funcionar y el operador pegó el ojo al visor.
‒Cuando estés preparado, Orson ‒murmuró.
Y Orson empezó a destrozarlo todo. Crash. Bang. Crunch. Sillas que se convierten en astillas, botellas hechas pedazxos. Chanel Número Cinco, Joy, Cenizas de Magnolia y otros perfumes exóticos impregnaron la atmósfera y nos revelaron que el encargado de utilería era un devoto del realismo. Las cortinas de seda fueron rasgadas y quedaron colgando de sus soportes, fláccidas y derrotadas. ¡Crash! Más cristales, más espejos, más cuadros arrancados de las paredes... Y de repente Orson empezó a destruir la habitación con una sola mano, girando locamente sobre sí mismo para acabar con cualquier objeto que aún siguiera intacto. La otra mano estaba a su espalda oculta al ojo de la cámara, pero los que le observábamos desde los lados pudimos ver la sangre y el corte que cruzaba la mano escondida. Orson miró a su alrededor para asegurarse de que la destrucción se había desarrollado según el plan fijado, salió del decorado y se sentó cerca de la cámara. «Corten», dijo con voz tranquila. Estaba jadeando. El ayudante ya le había pedido un coche para llevarle al hospital y el médico que se que se encargó de coserle la herida le recriminó que hubiera seguido adelante con la escena, diciendo que si hubiese parado en cuanto notó que estaba herido habría perdido mucha menos sangre.
‒¿Sangre? ‒exclamó Orson‒. Tengo de sobras. Lo que me preocupaba era el perfume.

Joseph Cotten (1987), La vanidad te llevará a alguna parte, Barcelona, Parsifal Ediciones, 1992, pp. 64-65