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No se trata solamente de la censura, que opera con toda la fuerza de coacción de hacer callar, (...) sino que habría también una violencia peculiar en ese persistente hacer hablar. Una presión más sutil, menos obvia y posiblemente más efectiva, siempre latiendo en esa ineluctable invitación a confesarse. Porque en ese acto de verbalizar una confidencia, los individuos experimentan una especie de liberación: hablar de sí mismo implica sacarse de encima un peso muerto, genera un alivio emparentado con la emancipación. Pero ocurre que en muchos casos el efecto sería exactamente opuesto: actuando de ese modo, al responder con sus propias voces a las exigencias de hablar de sexo y hablar de sí mismo, los sujetos no estarían más que alimentando los voraces engranajes de la sociedad industrial, que necesita saber para perfeccionar sus mecanismos. Como confiesa la exitosa autora de blogs Lola Copacabana, "vivo, constantemente, haciendo el esfuerzo porque no existan en mi vida cosas inconfesables". Gilles Deleuze habría agregado, tal vez, que la joven escritora ni siquiera debe sospechar para qué se la usa.

Paula Sibilia, La intimidad como espectáculo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 85-86