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La consolidación de un discurso específicamente televisivo implicó la repetición de esquemas que resultaran fácilmente reconocibles para sus audiencias y que generaran nuevos hábitos de recepción televisiva: una televisión que estuviera allí, siempre presente, sin necesidad de construir rituales que produjeran discontinuidad con la vida cotidiana. Deja de ser un acontecimiento extravagante para convertirse en materia de la vida misma debido a la pregnancia de un lenguaje que progresivamente se irá banalizando (...)
En ese sentido, televisación del Cordobazo permite una lectura ambigua: por un lado, le otorga una dimensión nacional a los hechos permitiendo imaginar un efecto multiplicador pero, por otro lado, también mediatiza el acontecimiento en un proceso que afecta directamente su contenido político. En el primer caso, estaríamos confirmando la madurez alcanzada por la televisión y sus audiencias. (...) En el segundo caso, estaríamos acentuando la capacidad de sus imágenes para producir contacto con el público, para "hablarles al corazón". Las interpretaciones "instrumentales" de la televisión estaban a la orden del día en 1969: desde quienes soñaban con la posibilidad de que cambiando los dueños de la televisión podía convertirse en un medio revolucionario, hasta la idea de convertirla en un medio educativo, dejaban de lado lo que hoy resulta más evidente y es que en ese proceso se alteró completamente la política misma tanto como la posibilidad de pensar a su público como una masa.

Mirta Varela, "1969: la historia en directo" en La televisión criolla, Buenos Aires, Edhasa, 2005, pp. 227-237