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La crisis, ese cataclismo para muchos, disgrega esperanzas, tradiciones, solidaridad, planes sobre el porvenir europeo. Además de estos impactos, los trabajadores han debido sufrir los efectos de las transformaciones de los modos de producción vinculados con la automatización. Al modernizar el tejido económico del país, también deconstruyen los mundos del trabajo.
Esta deconstrucción es la consecuencia de la precarización del empleo. (...) El desarrollo de la subcontratación, sobre todo, debilitaba considerablemente las capacidades de defensa de los asalariados, que estaban en mejores condiciones de organizarse cuando tenían que tratar con un solo empleador.
Estos sucesivos impactos afectaron a obreros y a trabajadores diversos, a los cuadros y a otros servidores de la sociedad, víctimas tanto de las restricciones presupuestarias como de los efectos perversos de la mundialización, figuras de ese mismo vaivén: el del asensor social que cada vez descendía más, cuando se imaginaba que sólo podía subir. Como lo destaca François Dubet, se tiene la sensación de que las esferas donde se adoptan las decisiones económicas escapan a la vida de las sociedades. Sus dueños se han v uelto extranjeros en la ciudad.

Marc Ferro (2010), El ir y venir de la Historia, Buenos Aires, Nueva Visión, 2011, pp. 34-35