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Es notoria la criminalidad de la región: ni Africa tiene los índices de homicidio, narcotráfico y pandillerismo que hay en América latina. Hoy en día es la parte del mundo más peligrosa donde vivir como ciudadano. No siempre fue así. Cincuenta años atrás, no había narcotráfico ni crimen organizado. No había pandillas que controlaban territorios. Después de la Guerra Fría ya no hay guerrillas, pero en su lugar hay bandas sin nociones políticas, una suerte de insurgencia capitalista. En los 80 había guerrillas en América latina y en otras partes del mundo. También había índices mayores de hostilidades armadas en Los Angeles entre dos grupos pandilleros, negros e hispanos, que vivían en las barriadas y que en un momento dado tenían miles de hombres armados y códigos de guerra. Nunca llegaron más allá porque no tenían nociones políticas, sus fines eran criminales. Con el fin de la Guerra Fría en América latina, y ante la impunidad en que quedaron estas sociedades con amnistías básicamente para todos, sin importar lo que habían hecho, se creó una especie de ambiente sociópata en el que el ciudadano común bien podría confundirse por no poder distinguir entre el bien y el mal. Por otra parte, la vuelta a sus países de los chicos de los inmigrantes que crecieron entre los pandilleros de Estados Unidos llevaron a Centroamérica hacia una economía negra nueva en los últimos veinte años, en la que un pobre puede entrar y tener un futuro, pero seguramente accidentado y más violento. Hace cuarenta años, si eras hijo de un machetero en El Salvador tu papá ganaba un dólar al día como jornal y no había porvenir de ser otra cosa. Hoy en día, sí puedes entrar en las maras a lo mejor vives cuatro años, pero mientras tanto puedes llegar a vestirte en Armani, tener una cadena de oro y una chica. Ese es el nuevo futuro creado por la insurgencia sociópata surgida de la impunidad en que quedaron estos sistemas después de las terribles y cruentas guerras civiles. Falta que reflexionemos delante de todos que lo que se hizo no sólo fue un error. Aceptar primero que lo que se hizo fue terrible. Tenemos que desgarrarnos el pecho, la ropa, llorar juntos y tratar de caminar para adelante, pero debemos reconocerlo para que se pueda restablecer una moral compartida y unánimemente reconocida por todos y de aquí en adelante no repetirlo. Pero no se hizo o se hace parcialmente o tardíamente. Acá, finalmente se ha hecho, pero ha costado casi treinta años. Algunos países ni han comenzado y mira la violencia en la que está Centroamérica. No me vas a decir que no hay una conexión entre lo que pasó y lo que sucede ahora.

Jon Lee Anderson, entrevistado en La Nación, 20-05-2012